La noche del 29 de octubre dormí tranquila. El sueño me alcanzó sin resistencia. Sabía que tenía cáncer, pero también sabía -y eso lo repetía como oración- que estaba en un buen escenario para tratarlo. Nadia me había dado esperanza y la esperanza es una forma de anestesia.
30 de octubre.
Desperté con una plegaria por el alma de mi mamá. Siete años atrás, a esa misma hora, había vivido la aterradora sensación de quedarme sin ella. Sin suelo. Sin quien rezara por mí todos los días. Sin quien me hiciera los mejores fríjoles dominicales en el cálido ambiente del hotel mamá. Sin quien estuviera dispuesta a levantarme del piso aunque se cayera conmigo.
Recordé su olor a crema de Avon, sus manos pecosas, su voz firme cuando me decía que todo pasa, hasta lo que duele más.
Agradecí tener la cita ese día. Sentí que ella y mi papá, desde su cielo, habían hecho su parte en la agenda de Dios para que justo ese día, el de su aniversario, yo empezara a sanar.
Tenía que ir en ayuno, lo cual me pareció una coincidencia práctica: tiempo atrás me había acostumbrado a mis ayunos intermitentes cuando creía que bajar de peso era una prioridad. Ahora el ayuno tenía otro propósito. Ali fue al colegio, pero Berry me acompañó. Me habían aconsejado que llevara chaqueta porque hacía mucho frío y me puse la más gruesa, la del paseo a Nueva York en diciembre. Esa que abriga hasta las dudas.
Tenía razón: el lugar era helado. Un aire creo que a doce grados que te hacía querer volver al carro. Confirmé mi cita y me entregaron una bata verde con el logo de Tiempo para Ti. Aún me costaba entenderme en ese contexto.
La mastóloga me explicó el procedimiento, con esa serenidad que uno agradece cuando el corazón va a mil. Llené el consentimiento informado y vi a otras cinco mujeres en la misma coreografía: bata, acompañante, miedo disimulado, manos frías.
Entré a la sala de biopsia. Era pequeña, blanca, con una médica que usaba el humor como escudo.
—Acuéstate de ladito, ¿qué mama es?
—La derecha —respondí.
—Entonces gira hacia allá. Te voy a poner anestesia, vas a sentir un quemón y luego la aguja pequeña, después una más grande (la famosa trucut). Vas a sentir como una grapadora en tu seno. Justo justo lo que uno no quiere escuchar.
La anestesia entró como si me estuvieran aplicando vidrio molido y, luego, el ruido de la biopsia era justo eso: una grapadora. Una, dos, cinco veces, directo en el tumor, el que se veía en la pantalla del ecógrafo. Cada “clic” sonaba como si el cuerpo recordara que es frágil. No dolía tanto el pinchazo, dolía el miedo. Ese miedo que se te sube por la espalda y se sienta a respirar contigo.
Había música en el consultorio. Alejandro Sanz. Mi amor platónico de adolescencia. “Y si fuera ella…” sonaba mientras la médica tarareaba. Yo, entre mis oraciones y los versos de las canciones, no me concentraba en la plegaria. Me sé todas las de Alejandro Sanz.
Ese día quería a mi mamá. Nunca la había extrañado tanto. Quería contarle que tenía miedo. Que Alejandro Sanz estaba cantando mientras me grapaban la mama. Que Berry me esperaba afuera y que, aun así, ella estaba conmigo ahí adentro, parada al lado de la camilla, tomándome la mano… invisible.
Cinco veces sonó el clic metálico. Cinco veces sentí la vida en pausa.
Respiré profundo, como me enseñó el padre de la parroquia dos días antes. El 28 de octubre habíamos hablado y le conté mi historia entre lágrimas. Su consejo fue simple y sabio: “No le pidas a Dios que te quite esto. Pídele fortaleza y que camine contigo.”
Ese fue el mejor consejo. Ya no pedía milagros ni finales anticipados. Pedía compañía. Y la sentí.
Al salir de la biopsia, me tomaron la muestra de sangre y una placa de tórax. Luego me dieron un refrigerio y agradecí no tener que esperar hasta la tarde para comer – un pastel de pollo que sabía a supervivencia – La torta de red velvet con arequipe se la di a Berry, porque, en ese punto, en mi sentido de compasión por mi cuerpo, había eliminado el azúcar de mi vida.
Tres horas después, la mastóloga nos llamó. Entramos Berry y yo. Ella habló con calma, con ese tacto que solo tienen los médicos que saben de almas.
—El patólogo ya vio la primera muestra —dijo—. Es un carcinoma infiltrante. Significa que ya empezó a salir de las glándulas mamarias.
Dato que salva.
El carcinoma ductal infiltrante —también llamado carcinoma ductal invasivo— es el tipo más frecuente de cáncer de mama. Representa cerca del 80% de los casos diagnosticados, según la Sociedad Americana del Cáncer y la OMS.
Se origina en los conductos por donde fluye la leche hacia el pezón y atraviesa su pared, extendiéndose al tejido mamario circundante. Aunque el término “infiltrante” suene amenazante, cuando se detecta en etapas tempranas las tasas de supervivencia superan el 90%. Con cirugía, radioterapia y terapias hormonales, la mayoría de las mujeres logran una recuperación completa. Detectarlo a tiempo, como en mi caso, cambia todo el pronóstico.
El mundo se detuvo mientras hablaba con la mastóloga.
El aire cambió de textura. Lloré, mis gafas se empañaron y ya no podía ver su rostro. Me abracé a Berry. No hubo gritos, solo silencio y lágrimas que corrían despacio.
Salimos del consultorio y fuimos directo donde Nadia. Le conté, llorando. Me dieron una aromática y un pañuelo.
—Ya sabes que es un nódulo pequeño —me dijo—. El tratamiento va a ser un éxito. Te vamos a cuidar.
Esa frase, en su voz cálida, fue la declaración de amor del sistema de salud para mí.
Escribí al grupo de mi familia, a Gloria, a Pipe:
Sí es maligna.
Y aunque esa palabra pesaba, también traía consigo algo inesperado: paz.
Porque ese 30 de octubre, mientras recordaba a mi mamá y abrazaba mi miedo, entendí que no estaba sola.
Que una mamá en el cielo y otra en la camilla pueden sostenerse con la misma fe.
