Capítulo 6: Sobreviví a mis propios pensamientos

Sobreviví a mis propios pensamientos
Ya tenía una noticia, la peor que había recibido en años.
Alicia había estado muy enferma en 2017, cuando era apenas una bebé de dos años. Síndrome de Stevens-Johnson por una toxicodermia (alergia) con medicamentos normales que le había recetado la pediatra para una fiebre. Estuvo al borde de ser remitida a hepatología, con un pronóstico que nos heló la vida. Luego, en 2018, mi mamá: cuarenta y cinco días en la UCI, hasta el 30 de octubre, día en que se fue.
Desde entonces no había sentido tanto miedo.
Pero este miedo era distinto.
No era por alguien más. Era mío, íntimo, con nombre propio. Era el miedo de entender que podía morir.
Mi cabeza, que es una guionista premiada por su capacidad de exagerar, se dedicó a escribir un thriller psicológico. Si me dolía la cabeza, era un tumor cerebral. Si me dolía el estómago, era metástasis. Si tenía un mareo, ya me veía despidiéndome en cámara lenta. En resumen: yo, protagonista, productora y víctima de mi propio noticiero apocalíptico.
Berry intentaba rescatarme de esa trama oscura. Me hablaba de sus proyectos, de los planes del siguiente año, de las clases y las ideas que tenía para sus estudiantes. Y yo, aunque lo escuchaba, pensaba: no estaré para ese futuro.
Era como si un velo negro se hubiera colado entre mis ojos y el mundo: todo seguía igual, pero la luz no pasaba. El miedo se me instaló en el cuerpo como una sombra que respiraba conmigo.
Pensaba en Alicia, en mi niña creciendo sin mí. En Berry, rehaciendo su vida con alguien más (la imaginación, además de cruel, es detallista). En mi hijo Pipe, reviviendo la tristeza de cuando murió mi mamá. Pensaba incluso en quién se quedaría con mi ropa. En serio. Llegué a calcular si a Berry le quedaría pensión y a quién le dejaría mis accesorios. Creo que si administrara mis negocios con la misma disciplina con la que alimento pensamientos catastróficos, sería CEO de una multinacional.
Vi todo oscuro, con un dolor nuevo, de esos que no se ubican en el cuerpo. Pensaba en mis amigas, en qué dirían después de mi muerte, en si me iría a encontrar con mis papás, con Juan Antonio, con Sandra, con Camilo… todos esos seres que ya están en el cielo y que aún habitan mi corazón.
Y sin embargo, dormía. Dormía como si Dios me bajara el interruptor. Y ahí, entre sueños y oraciones, la fe se asomaba tímidamente, como una luz minúscula que no hace ruido, pero que insiste.
Hace unos tres años empecé a volver a misa con frecuencia. Peleada y reconciliada con la Iglesia, terminé encontrando mi lugar: la adoración al Santísimo, el altar de mi casa, las oraciones que me calman la mente cuando el cuerpo tiembla. Me entregué por completo a la voluntad de Dios.
Esa sensación de negación, de creerme ya en la lista de los que se van, duró poco. Tres días, tal vez.
Después, empecé a pedir con fe, no por mi vida entera, sino por fortaleza diaria.
Un día a la vez, me repetía. Solo hoy. Solo este momento.
Y cuando por fin se acercaba la cita para saber el resultado de la biopsia, la esperaba con la emoción de una niña frente al árbol de Navidad. No por lo que me fueran a decir, sino porque, pasara lo que pasara, ya no estaba en guerra con el miedo.

Ese fue mi pequeño milagro. Sobreviví a mis propios pensamientos.
No fue la ciencia, ni la fuerza, ni el optimismo forzado: fue esa fe tímida que aprendió a crecer entre los escombros de la incertidumbre.
Y si algún día vuelvo a sentir miedo, lo miraré a los ojos, le daré un asiento, y le diré: tranquilo, ya sé cómo sobrevivirnos.

Naty Londoño