Capítulo 2: ¿Qué tengo aquí?

Solía hacerme el autoexamen mientras me bañaba. Así, llena de jabón y con los dedos resbalosos en la piel, como quien recorre un mapa que ya conoce, como quien recorre un mapa que conoce de memoria pero que cada tanto revela un nuevo relieve bajo la yema de los dedos. Mi ciclo, siempre me decía.

El 10 de octubre, durante la ducha, sentí algo “duro” en mi seno derecho. Hice cuentas mentales: en dos días me llega el periodo, seguro es inflamación. Lo dejé pasar, porque las mujeres sabemos que antes del ciclo el cuerpo se vuelve un pequeño laboratorio de locura: cambios de humor, antojos, cansancio como si acumularan toda la vida que uno no alcanza a soltar.

El sábado 25 de octubre, mi Berry (esposito) y yo no hicimos nada. Alicia, mi hija de 11 preciosos años, se había ido a una finca con una amiga y su mamá. La casa se quedó en calma. Ese día fue puro descanso: sofá, televisión, risas suaves.

En ese punto de mi vida venía de cerrar una etapa. Había salido de mi trabajo el 16 de septiembre, agotada del estrés y de esa idea tan absurda de que uno debe entregar la vida a cambio de un salario. Decidí que sería independiente. Que la libertad sería mi nueva forma de respirar.

Pero la verdad es que estaba inflamada: por dentro, por fuera, por todos lados. Había comido mal, me había llenado de azúcar y ansiedad, había subido de peso. No hacía ejercicio desde hacía casi un año. Sabía que necesitaba cambiar, pero lo estaba aplazando todo. Tenía buenas intenciones, pero poca acción. Me había inscrito al gimnasio y no fui ni el primer día.

Por otro lado, estaba emocionada con mi proyecto de joyas, Oruga Azul. Sentía que estaba en mi mejor momento, que podía construir un imperio a punta de creatividad con mi empresa. Fui al evento Mentes Divergentes Women, donde salí flotando de inspiración, llena de herramientas para emprender. Regresé con un plan de trabajo y una ilusión tan grande que casi me empujaba sola. Quería hacerlo todo ya. Ser productiva se había convertido en mi medida del valor.

En esa carrera de la vida que me había trazado, me había perdido a mí misma. Dejé la meditación, el ejercicio, la calma. Me refugié en chocolates y heladitos que sabían a ansiedad. Me olvidé de Natalia, de su salud, de su cuerpo, de su paz.

El 30 de octubre de 2024 había trabajado en una campaña que se llamaba “Poderosa, cada rosa tiene su historia.” Contacté a mujeres sobrevivientes de cáncer de mama para que participaran en un foro en la universidad donde trabajaba. Una de ellas contó su historia:

“Estaba acostada viendo televisión, me toqué y encontré una bolita.”

Desde entonces, cada vez que me acostaba a ver televisión, sin darme cuenta, me tocaba buscando “algo.” Era extraño, pero siempre, recordaba a aquella panelista con su historia. ¿Sería un preludio?

Volvamos al 25 de octubre. Berry y yo seguíamos viendo televisión, cuando sentí de nuevo ese engrosamiento en el seno derecho, justo “a las nueve del reloj”, como después escribirían los exámenes médicos.
Le dije:

—Tócame aquí, a ver si tú también sientes algo duro.

Él palpó despacio.

—Sí, hay algo. Pide una cita.

Cogí el celular, abrí la App de Sura y pedí una cita con ginecología. La primera disponible era el 9 de diciembre. Me pareció razonable. Ni por un instante pensé en la palabra cáncer.
Además, estaba convencida de que el cáncer de mama era solo cuestión de herencia y en mi familia no había casos.

Dato que salva:

Sabías que solo entre el 5% y el 10% de los cánceres de mama son hereditarios. La mayoría (el 90%) son hormonales, es decir, se desarrollan por la respuesta de los receptores hormonales en las células tumorales. En otras palabras: todas somos posibles blancas de esta enfermedad. Yo lo aprendí después, cuando la vida me obligó a estudiar mi propio cuerpo.

Quedé tranquila. Tenía mi cita, todo parecía bajo control.

Pero el domingo en la noche, antes de dormir, Berry me preguntó si la había pedido. Le dije que sí, que para el 9 de diciembre.

—Está muy lejos —me dijo—. ¿Por qué no pides una con medicina general?

Entré otra vez a la App. Encontré una para el lunes 27 de octubre. Pedí la cita y apagué el celular.
Me dormí pensando que todo estaba bien.

Sin imaginar que el eco de ese “¿qué tengo aquí?” empezaba a resonar en mi vida.

Naty Londoño