Capítulo 7: Mi maestro, el cáncer de mama

Ahora sí tenía un motivo para cuidarme. Antes creía que no había uno real. Es irónico, pero la que parecía la peor noticia de mi vida terminó siendo la razón más clara para empezar a amarme sin condición. Entré en un estado de conciencia raro; raro, pero bonito.
Una vecina, Ana Cristina, a quien conocí por otra amiga, había tenido el diagnóstico hacía un año y encontramos empatía inmediata. Ella me prestó el libro de Lina Hinestroza, El cáncer, un regalo mal empacado. Me lo devoré en dos días y entendí que podía mirar el cáncer de mama desde otro lugar: el de la aceptación, la calma y la gratitud. Conocer la historia de Anacris y verla sonriente, contenta y positiva fue como recibir un abrazo del destino diciendo: tranquila, también vas a sanar y entender que el cáncer no borra la alegría, solo la reordena.
El aprendizaje, el amor propio, el vivir un día a la vez… yo había leído tanto sobre amor propio… lo entendía como una obviedad: “ay, sí, uno se quiere, obvio”. Pero en realidad lo confundía con vanidad o logro. Había hecho campañas hermosas sobre cáncer de mama, había escrito copies inspiradores, pero no había interiorizado ni una sola palabra de los que yo misma había redactado. Medía mi valor en productividad y resultados. No sé en qué momento de la vida dejé de pensar en mí.
Hubo un tiempo en que viví en paz, guiada por la meditación, el ejercicio y el autocuidado, pero fue intermitente. La vida laboral me absorbía y arrastraba mis emociones hasta la casa, hasta la cama, hasta el alma. Me intoxicaba con los problemas del trabajo, como si el estrés fuera una bebida energética. Despertaba a las tres de la mañana con la mente en modo alerta permanente.
Cuando decidí volverme independiente, la ansiedad se disfrazó de ambición. Quería resultados inmediatos, una empresa que vendiera millones, reconocimiento, movimiento. Volar sin haber aprendido a caminar. Mi diagnóstico llegó como un hermoso freno: un semáforo en rojo en medio de la autopista de mi vida, obligándome a detenerme antes del precipicio.
Hice un proceso mental tan profundo que llegué a ver el cáncer como ganancia. Difícil de explicar, pero así lo sentí. Era el punto de inflexión que me obligaba, no desde la obligación pesada, sino desde la consciente, a cuidar mi vida. Me veía a mí misma desde afuera, como si cuidara a otra persona: la abrazaba con ternura, la quería ver bien, le pedía perdón. Sentí que ese ser humano que debía rescatar era yo.
Y sí, es fuerte decirlo, pero necesitaba el cáncer de mama para despertar. Por eso me identifico tanto con el título del libro: un regalo mal empacado. Porque desde afuera, el cáncer parece igual a muerte; desde adentro, es igual a vida.
Dejé el azúcar. Me volví experta en alimentación. Los ultraprocesados quedaron fuera de mi vida: la leche, los pancitos, las galletas, los helados, los brownies, las carnes frías y toda la comida chatarra. Tal vez un día los perdone, pero todavía están en el exilio.
Tal vez, para muchos, estaba exagerando, sí. Pero para mí, esa “exageración” era el camino más claro para acompañar los tratamientos médicos que vendrían. En mis lecturas científicas y videos a especialistas en el tema (esos que devoraba con la urgencia de entenderme por dentro), había descubierto que la mayoría de las células cancerosas crecen más rápido que las normales y, por lo tanto, necesitan más energía para sobrevivir. También leí que su metabolismo se altera para devorar glucosa con una voracidad insaciable. Ese dato fue un campanazo en mi cerebro. Lo entendí sin drama: no iba a alimentar al huésped indeseado que se había alojado en mí. No era un sacrificio, era un acto de conciencia y quizás, también, un reflejo de miedo y supervivencia. Pero el miedo, bien dirigido, a veces también salva.

Mi cerebro entró en modo conservación y ni por equivocación se me antojaba algo que no contribuyera a mi sanación. Empecé a hacer ejercicio todos los días. Aquí entra en escena Trufa, la perrita que adoptamos en agosto de 2024, una criatura de amor envuelta en pelo negro y energía. Nos volvimos compañeras de trote y de terapia. Corríamos, caminábamos, subíamos el cerro de las Tres Cruces y regresábamos felices, muertas, pero vivas.
Estaba decidida a desinflamar mi cuerpo, a no alimentar a ese amigo temporal en mi seno. Lo llamé “mi maestro”: el maestro que quería fuera de mí, porque ya había cumplido su tarea: enseñarme a vivir mejor la vida.
Empecé a comer platillos de colores, como los de las revistas saludables: diversos tonos de verde, naranja, rojo, y todo lo que pareciera venir de la tierra y no del empaque. Era divertido: buscar recetas, hacer mejores mercados, aprender a cocinar sin etiquetas industriales. Comida real. Esa era mi nueva premisa.
Yo, que antes tenía doctorado en domicilios, ahora discutía con las verduras si iban al vapor o al horno. Y las verduras, debo decir, iban ganando.
Mi amor propio se estaba alimentando, literalmente, de comida real. En una semana y media bajé cinco kilos y, más importante, sentí el cuerpo liviano, desinflamado, agradecido. Si pudiera hablar, creo que mi cuerpo me habría dicho: “Por fin, mujer, te acordaste de mí.”
Dato que salva.
La comida real es aquella que no ha sido ultraprocesada. Según la Organización Panamericana de la Salud, una dieta basada en alimentos naturales: frutas, verduras, granos, proteínas frescas y grasas saludables, puede reducir hasta en un 30% el riesgo de cáncer y enfermedades crónicas. No es una moda: es volver a comer lo que el cuerpo reconoce como suyo.
Empecé a entender que sanar no era solo un verbo médico, sino también una forma de vivir. Cada alimento, cada paso, cada respiración era una declaración de amor propio.
Y aunque mi cuerpo aún tenía miedo, mi alma empezaba a sentirse en su casa.

Naty Londoño