La última semana de octubre pintaba bien. Me levanté con muchos ánimos y, después de que Alicia se fue al colegio, salí para mi cita médica. Tenía en mente un solo asunto: el reflujo. Lo mío era el reflujo, decía.
Hacía dos meses me había hecho una endoscopia y no había vuelto al médico para que me formularan el tratamiento. Sabía, por el resultado que tenía guardado en el correo, que algo no andaba bien: una úlcera pequeña, gastritis crónica y la infaltable Helicobacter pylori, esa bacteria con nombre de villana griega que a tantas nos visita cuando el estrés se instala como huésped fijo. Aun así, esa era mi prioridad. El dolor de estómago se había vuelto mi medida del tiempo.
Cuando entré al consultorio, la doctora me saludó con una sonrisa ligera y le solté el libreto:
— Vengo porque tengo una endoscopia vieja que salió alterada y necesito revisar… ah, y porque el sábado me sentí algo raro en un seno.
La doctora, Lina Alejandra, me examinó con delicadeza. Palpó, frunció el ceño y dijo:
— Sí, tienes algo. Te voy a mandar una ecografía mamaria prioritaria.
Asentí, sin pensar demasiado. En mi cabeza seguía flotando el reflujo, esa acidez que parecía subir hasta mis pensamientos. Era como si mi cuerpo estuviera hablando con una voz que yo no quería escuchar. Y no era la primera vez que lo hacía. Había ignorado otras señales.
En una ecografía de cadera, por ejemplo, había salido una tendinitis del glúteo medio. El ortopedista me mandó fisioterapia, pero yo estaba atrapada en aquel trabajo chupasangre que me dejaba sin energía ni tiempo. Cancelé todo, como si las citas médicas fueran hobbies prescindibles. Había tenido también unas taquicardias nocturnas y me ordenaron un Holter, ese aparatito que uno lleva 24 horas para que escuche cómo late el corazón. Perdí la cita. No pedí permiso en el trabajo y preferí decirme que no era grave. Así fui guardando mis pendientes médicos como quien mete ropa en un cajón y ya no puede cerrarlo, pero igual empuja con la cadera hasta que encaje.
También pospuse el cuidado más simple: suplementar la alimentación. Cada día decía que iba a comprar magnesio, omega 3, vitamina C, vitamina D… “mañana”, me prometía. Pero el mañana llegaba siempre con gaseosa y un paquete de platanitos de limón. Lo mío era el reflujo, decía, pero la verdad era que mi cuerpo entero me pedía auxilio.
Era tan “consciente” de la salud que me sabía todos los nombres de los suplementos, pero los conocía solo de oídas. Como quien se sabe la Biblia, pero no la practica.
Siempre he sido muy “consciente” de lo que hace daño y lo que no, lo pongo entre comillas porque esa conciencia solo la aplicaba para Alicia. Para ella todo era sagrado: horarios, frutas, vegetales, suficiente proteína, entrenamientos de vóley, dormir a tiempo. Pero yo me había convertido en la antítesis de mis consejos. La falta de autocuidado me estaba consumiendo. El amor propio se me había ido de vacaciones y, para completar, no había dejado dirección de regreso.
Era como si hubiera delegado mi bienestar en el futuro, confiando en que alguna versión más organizada de mí misma aparecería a rescatarme.
La cita del 27 de octubre no trajo las respuestas que esperaba. Aún faltaba el resultado de la biopsia gástrica, así que la doctora no pudo medicarme. Pero salí con una nueva orden: la ecografía mamaria.
Conduciendo hacia la casa, empezó el reto nacional: llamar para pedir la cita.
“Su llamada es la número 28, espere en la línea.”
Esperé. Cuando por fin sonaba que iban a contestar, se cortaba. Así durante tres horas. La espera era un loop infinito. Decidí buscar una cita particular y encontré una disponible para las 3:30 p.m. Ese mismo día. Un milagro moderno.
Octubre, ironías del calendario, es el mes de la sensibilización sobre el cáncer de mama. Yo, sinceramente, nunca había pensado profundamente en eso. En el trabajo hacíamos campañas, poníamos una cintilla rosada, compartíamos historias de sobrevivientes. Yo lo había vivido desde el diseño, desde la idea, nunca desde la piel. Y justo por estar en octubre, muchos centros diagnósticos ofrecían descuentos. Promociones de ecografías, como si el destino también hiciera marketing. Aproveché el gangazo.
Me dirigí a mi importante cita, había dejado el carro en un parqueadero a diez cuadras del centro de diagnóstico porque no tengo mapeados los parqueaderos de la zona. Caminé con ese paso rápido que no es prisa, sino ansiedad disfrazada de eficiencia. Llegué sudando, con el pelo pegado a la frente. En la sala de espera había demasiada gente: mujeres con sobres en la mano, hombres mirando el celular, una pantalla que anunciaba números que nunca parecían avanzar. El aire olía a desinfectante y a nervios. Me senté, crucé las piernas y me convencí de que estaba allí solo para descartar una tontería.
En mi cabeza seguía repitiendo: — Es fibrosis, un quiste, una glandulita rebelde. Nada grave. —
Estuve chateando con Gloria, mi amiga del alma que vive en España. Le digo “mi amiga en tiempo real” porque, a pesar de los kilómetros que nos separan, nunca tenemos que desatrasarnos porque estamos al día con novedades de nuestras vidas. Me contó que ella también había tenido una bolita alguna vez y que no fue nada. Eso reforzó mi tranquilidad. Lo mío era el reflujo, decía.
Cuando por fin me llamaron, entré al consultorio. La luz era blanca y quieta, “blusa y brasier afuera”, dijo la médica. “Si quieres te pones esta bata”, en mi afán por la eco, no me la puse. La médica empezó a deslizar el transductor. La habitación estaba en silencio, la pared frente a mí era verde agua, con puntitos y flores en silueta, como si alguien hubiera querido decorar la prevención con dulzura. Todo tenía ese aire pink tan propio de las campañas del cuidado de mamas: femenino, amable, casi infantil, como si el color pudiera amortiguar el miedo. Era un espacio pensado para la calma, pero en ese instante me pareció que cada flor en la pared respiraba conmigo, esperando también lo que la pantalla estaba a punto de mostrar.
La vi fruncir el ceño, detenerse. No vi la expresión completa de su cara por el tapabocas.
—¿Hace cuánto no te haces una mamografía?
— Nunca — respondí.
— ¿Nunca?
—Nunca, porque me dijeron que eso era después de los 50.
Ella continuó en silencio y terminó. Me limpié el gel, me puse la ropa.
— “Te va a llegar el informe al correo”.
Inmediatamente entró el mensaje a mi celular. Lo abrí en el acto, leí: nódulo hipoecoico sólido, de márgenes irregulares, de 20X15 mm. altamente sospechosa, Birads 4C.
En ese instante entendí sin entender. Era como si el aire se espesara. Nunca me había referido a mis senos como “mamas” hasta entonces y, de repente, la palabra me pareció hermosa y vulnerable. Mama. Una palabra que suena a refugio y a raíz.
La doctora se confundió al final.
—¿Por qué te hiciste esto particular? ¿No tienes EPS?
Le conté mi odisea con las líneas colapsadas.
—Bueno, necesitas una biopsia urgente — dijo con tono ansioso.
La doctora Lina Alejandra, la de la mañana, me había dejado su correo para enviarle el resultado. Mientras esperaba el ascensor, revisé a fondo el informe en el celular. Leí la palabra altamente sospechosa. Sentí cómo la sangre se me iba a los pies. Escribirle a mi hijo, a mi esposo, a Gloria, a mis hermanas fue un acto automático. “Sí tengo una masa rara.” Todos respondieron con esperanza, con esa frase que uno necesita oír: tranquila, hasta que no haya biopsia no hay nada.
Cuando salí, sentí que regresaba al carro por las mismas diez cuadras, pero ya no caminaba: flotaba. Flotaba en el miedo, en esa especie de vacío donde los sonidos se apagan y solo queda el ruido del pensamiento repitiendo ojalá no sea nada.
Dato que salva.
Un cuerpo inflamado es terreno fértil para las enfermedades. Diversos estudios han mostrado que la inflamación crónica de bajo grado está asociada con más del 20% de los casos de cáncer y con patologías metabólicas como la diabetes tipo 2 o las enfermedades cardiovasculares. Mantener un equilibrio ácido-alcalino adecuado mediante una buena alimentación ayuda a disminuir ese riesgo. Después de los 40 años, el metabolismo cambia: se reduce la absorción de nutrientes esenciales como vitamina D, magnesio y omega-3, por lo que suplementar y moverse a diario no es un lujo, sino una forma concreta de prevención.
Llegué a mi casa, me encontré con Alicia que estaba sentada en la sala y le pedí un abrazo, ambas nos fundimos en ese abrazo profundo y en un charquito de lágrimas. Le conté la sospecha y no hubo palabras, solo un “mami, no” entre lágrimas.
Esa noche no pude dormir. Sentí dentro del pecho una mezcla extraña de miedo y lucidez. Como si mi cuerpo me estuviera leyendo en voz alta todo lo que yo había ignorado durante años. El eco de mis propios descuidos se hacía audible. Y aunque todavía no lo sabía, esa fue la primera vez que escuché lo que vendría después del eco.
