Capítulo 8: El día que quise envejecer

El miedo a la muerte.
Como quienes nunca han atravesado por este diagnóstico (yo misma, antes de tenerlo), asociaba “cáncer” con “muerte”. El diagnóstico llegó a mí como una sentencia, aunque Nadia, la enfermera, me había dado tanta esperanza, el intruso que habitaba en mí susurraba: “Solo quiere calmarte, pero estás en la mala.”
La etapa en la que me encontró la vida cuando todo esto comenzó: Hace unos tres años, iniciando mi década de los 40, empecé a notar el paso del tiempo: el contorno de ojos medio deshidratado a pesar de mi rigurosa rutina de skin care, los pliegues nuevos en la cara y, lo peor de lo peor (en ese momento), las canas.
Dios… las canas se estaban multiplicando con la velocidad de un chisme. No quería hacerme una cola en el pelo porque las canas cortas (esas que arranqué en algún ataque de negación) ahora salían a saludar, coquetas, como diciendo: “Con permisito, este también es mi lugar.”
Le pedí consejo a Fer, mi estilista: no sabíamos si seguir con las mechas monas o rendirnos ante la evidencia y aplicar color. Sobre todo, porque las que más me molestaban eran las “daña selfies”, como las llama mi hermana.
A eso se sumaba la grasa abdominal, regalo generoso de la perimenopausia. Los cambios eran como los de los adolescentes, pero en versión adulta y sin tanto colágeno. Me sentía mal, peleada con el espejo y con la idea misma de envejecer. Lo asumía como una pérdida, no como un proceso. Y peor aún, me angustiaba pensar que envejecer era estar más cerca de morirme.
Pensamientos dignos de alguien tan empeliculada como yo: ya me veía haciendo un before and after como Lindsay Lohan después de sus procedimientos estéticos, rejuvenecida en dos días y sin una arruga de culpa.
Me atacaba la ansiedad, pero lo irónico era que tampoco hacía nada por cambiar desde adentro. Quería detener el tiempo con la varita mágica de Dumbledore, sin hacer el mínimo esfuerzo. Superficial, sí, pero sincera.
Entonces llegó mi diagnóstico. O mejor, mi condición médica del momento, como me gusta llamarla.
Y con él, el pánico real a morir. El vértigo de pensar que mis días podían tener fecha. Me aterraba no ver crecer a Alicia, no abrazar más a Pipe, no envejecer con Berry. Pensar en eso me nublaba la vista, me tapaba los oídos, se me erizaba la piel: el miedo se sentaba conmigo cada hora del día.
Y fue ahí, justo en esa conversación silenciosa con el miedo, donde algo cambió.
Deseé envejecer.
Entendí que hacerlo era un regalo. Envejecer se volvió mi deseo más profundo, pero no desde la vanidad de los años invisibles, sino desde el milagro de seguir aquí. Sueño con ser una abuela (si algún día tengo nietos) saludable e independiente. Nunca lo había pensado así. Antes, solo me preocupaba por cómo me vería a los 70, no por cómo viviría a los 60. Quería congelar mi imagen, no prolongar mi vida. Un pensamiento digno de enmarcar en la sección de “superficialidades históricas”.
En ese momento, el cuerpo me pasaba factura: la tendinitis que no traté, la fisioterapia que nunca hice, el Holter que no me hice en su momento… la tensión que dormía conmigo. Quería detener el tiempo, pero tampoco quería cuidarme. Era el colmo de la contradicción: no morir, no envejecer, pero tampoco vivir de forma consciente.
Creo que el cáncer me tomó de los hombros, me miró a los ojos y me dijo: “Decídete.”
El cáncer de mama me hizo anhelar envejecer, verlo como un regalo. Mis canas eran mis historias de vida. Empecé a mirar a las señoras de 60, 70, 80 años en la calle y sentir admiración. Hoy las veo caminar con su pelo blanco y su dignidad brillante, madrugando con la espalda erguida a hacer deporte, dueñas de su tiempo. “Quiero ser como ellas”, pienso. Nunca antes las había visto así. Antes pensaba: “pobrecitas, ya están en conteo regresivo.” Qué crueldad, qué pensamiento tan torpe.
El cáncer me corrigió la mirada. Me limpió los ojos y la soberbia. Me enseñó a ver la vejez como un logro, no como una amenaza. Ahora, en cada línea del rostro ajeno veo historia y en cada cana, una medalla de permanencia.
Hablando del miedo a la muerte, una tarde, entre lágrimas, le dije a Berry que me daba pánico morirme.
Él, con su humor de laboratorio inglés: medido, inteligente, de esos que desmontan el drama sin herirlo, me respondió:
—Todos nos vamos a morir en algún momento.
Le repliqué entre llanto:
—Pero yo no quiero morirme ya.
Entonces me recordó lo que yo misma había dicho tantas veces: que la muerte es una transición, un regreso al hogar, ese instante donde el alma se encuentra con Dios y todo el ruido se apaga.
Escucharlo de su boca fue hermoso. Me hizo ver la muerte como un destino luminoso, inevitable y lejano, un punto al que todos llegaremos… pero al que yo, ahora, prefiero llegar muy viejita, con arrugas de carcajadas y la frente en paz.

 

Naty Londoño