Capítulo 4: Culpa, vértigo y fe

Me culpé. Me dije: “soy culpable”. Me desahogué con Berry, le conté lo fatal que me sentía, como si hubiera hecho algo imperdonable. Mi primera reacción fue esa: culpa pura, seca, sin matices. Hay mujeres que, ante el diagnóstico de cáncer de mama se dicen “de malas” o “seguro es herencia”. Yo me fui directo al látigo. Me dolía el pasado y también el alma. Sentí náuseas, una mezcla de lástima y miedo que se me enredaba en la garganta. Berry me escuchaba en silencio, sin interrumpirme, como si absorbiera mis palabras para guardarlas a salvo, como quien recoge pedacitos de vidrio para que no me corten más.
Su respuesta fue siempre un abrazo, ese lenguaje donde no hacen falta las palabras. Lo sentía sereno, sin esfuerzo por parecer tranquilo. “Todo va a estar bien, hay que esperar”, me dijo con voz baja. “Si es cáncer, te haces el tratamiento y te cuidamos hasta que te cures” Es tan racional, es mi polo a tierra, a veces creo que hace que mis lágrimas se devuelvan al lagrimal.
Ese capítulo de mi vida me estaba enseñando lo que nunca antes había logrado: vivir un día a la vez. Tener retos diarios y mandar la ansiedad a la luna.
El mismo día de la ecografía le había enviado a la doctora Lina Alejandra el resultado y ella me respondió casi de inmediato: “te voy a mandar la orden para la biopsia, después de que la autorice el internista.” Era martes 28 de octubre. Todo el día estuve con los ojos pegados al celular, esperando la orden como quien espera un salvavidas. Pero no llegó. En la noche, ya al borde, le escribí otra vez, con letras ansiosas y torpes: “Estoy atenta a la orden.” Me respondió enseguida: “Te van a llamar del programa Tiempo para Ti, el programa de cáncer de mama.”
¿Cáncer de mama?
¿Estoy ya en un programa de cáncer de mama?
Sentí un frío recorrerme desde el estómago hasta la cabeza. Se me recogió el cerebro, así lo sentí, y se me heló la sangre. Además, yo sufro de vértigo, y el vértigo decidió participar en la escena. Sentí el mundo girar, las náuseas, el miedo espeso. Abrí Google y escribí: Tiempo para Ti Sura. Leí la dirección: la calle 33, justo donde me había hecho la endoscopia. La coincidencia me sonó a broma del destino.
Decidí que no iría sola. Alicia se quedaría conmigo. No fue al colegio ni ese martes ni el miércoles. Tenía miedo de quedarme sola en la casa, miedo de ser devorada por mis pensamientos. Alicia sería mi guardiana, la defensora que el miedo respeta. A su lado, me sentía sostenida, como si su presencia hiciera escudo entre mi mente y el abismo.
El miércoles 29 el celular seguía en silencio, un silencio que pesaba. Decidí ir por mi cuenta. Llegamos a las 12:20, hora de almuerzo, y me dije: “si hay que esperar, esperamos”. Subimos al segundo piso. Le expliqué a la recepcionista:
—Tengo una ecografía sospechosa desde el lunes y no me han llamado.
Sentía esos dos días como años de mal gobierno.
Ella me indicó hablar con la enfermera jefe. Y ahí apareció Nadia, con una mirada que me desarmó. Me escuchó con atención mientras yo hablaba atropellada: le conté que desde el lunes tenía la mente fundida, que no quería quedarme atrapada en un trámite administrativo mientras el miedo me carcomía por dentro. Yo sabía que no había pasado tanto tiempo, pero la vida se me había vuelto cámara lenta. Nadia entendió sin explicaciones. Me miró como quien ya conoce el camino. Me dio las indicaciones y me agendó la biopsia para el día siguiente: 30 de octubre.
Esa fecha me atravesó como un eco.
El 30 de octubre de 2018 había muerto mi mamá. Era su aniversario. Había mandado celebrar una misa en su nombre y por el alma de mi papá. Mi hermana Nora cantaría con su coro, como lo hacía siempre, con esas voces que parecen subir al cielo de la parroquia y traer consuelo en cada nota. Todo estaba planeado para ser un día de memoria. Pero ahora se convertía, sin pedir permiso, en un día de espera, de temblor y fe.
Nadia me explicó las indicaciones: debía ir con acompañante, disponer de cuatro horas, llegar en ayuno. Habría rayos X de tórax, exámenes de sangre, revisión por mastología. El programa Tiempo para Ti era, en realidad, una joya: completo, humano, cálido. Un lugar donde la palabra “cáncer” no sonaba a sentencia, sino a proceso.
Cuando ya terminábamos, le pregunté con la voz entrecortada:
—Tú que ves esos resultados todos los días… ¿hay casos en que esos nódulos salgan benignos?
—Nooo —dijo, con ternura y sinceridad—, pero el tuyo no. Eso está muy despelucado, muy feo.
Lo dijo sin dureza, pero sin disfraces. Alicia y yo rompimos a llorar. Nos abrazamos tan fuerte que por un momento fuimos una sola respiración, una sola piel temblando. Nadia nos interrumpió con una verdad que me ancló al suelo:
—Es difícil de aceptar, pero ese nódulo es muy pequeño. Ojalá todas las pacientes llegaran así. Te va a ir muy bien, te vamos a cuidar.
Dato que salva.
La detección temprana salva vidas. Según la Organización Mundial de la Salud, más del 90% de los cánceres de mama detectados en etapas iniciales tienen tratamiento exitoso. El autoexamen mensual, la mamografía cada dos años a partir de los 40 y la ecografía mamaria anual son claves. Escuchar el cuerpo no es miedo, es amor.
Nunca había agradecido tanto la sinceridad de alguien conmigo. Sentí el golpe del balde de agua fría, pero también la claridad que deja. Era necesario saberlo, sin ilusiones, para llegar al día siguiente con agallas, con la fe entera, sin negociar con la negación.
Ya estaba lista la primera parte del camino que debía recorrer. Sabía que sería un desierto, rocoso y seco, pero los desiertos también tienen su belleza: ahí donde no parece crecer nada, florece la fe.
Esa tarde, sentada junto a Alicia en el carro, miré por la ventana y sentí compasión por mí. No lástima, compasión. Pensé en la niña que fui, en la mujer que había corrido tanto y supe que debía cuidarla. Le pedí perdón. Le prometí que esta vez no la abandonaría, que la alimentaría con calma, con gratitud, con presencia.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí ternura por mí misma.
Era el inicio del perdón, del amor propio, de la fe que empieza donde el miedo se rinde.

Naty Londoño