Solo pestañeé y, de pronto, estaba tratando de enfocar y entender lo que me decía alguien —Despierta, te fue muy bien —escuché como si yo estuviera debajo del agua.
No sé qué era peor: si la confusión espesa de volver en mí o las náuseas que subían como una marea lenta. Tenía frío, un frío que parecía salir de los huesos. Estaba sentada; pensé que despertaría acostada. Me costaba aterrizar en esa silla, mi cuerpo llegó ahí antes que mi mente.
Envuelta en la bata verde, empecé a buscar con la mirada mi pecho, ese territorio que ya no sentía del todo mío a causa del cáncer de mama. Sabía lo que había pasado en mi seno derecho, pero desconocía su aspecto. Sabía que la doctora Ana Naranjo había trazado una especie de mapa sobre mí antes del sueño profundo.
En las recomendaciones para después de la cirugía me habían hablado del dren, de los cuidados, de cómo moverme… Esperaba verlo. Pero no había dren. ¡Bingo!
Yo había buscado en Google cómo queda un pecho sobreviviente después de una cuadrantectomía. Imágenes reales, crudas, distintas. Ya había hecho comunión con la idea de que quedaría diferente al otro, como dos hermanas que ya no comparten el mismo secreto.
Días antes, en mi cama, abrazada fuerte con Berry, estábamos tan tranquilos que la calma se volvió peligrosa: me dio por imaginar que pasarían días hasta que pudiéramos abrazarnos así de nuevo y me puse a llorar. Otro pensamiento intruso se coló sin tocar la puerta: me voy a ver rara después de la cirugía.
Montar ese pensamiento en mi avioncito de papel fue difícil. Más que difícil. Fue como intentar doblar un papel mojado: se rompía, se resistía, pero igual lo eché a volar, aunque fuera torcido.
Aterrizar en esa sala de recuperación me pareció una escena suspendida: cortinas a lado y lado, mis pies metidos en esos zapaticos de tela azul, los dedos helados.
Vi un rostro que ya reconocía, la misma voz que me había devuelto al mundo:
—¿Quieres una aromática?
—Sí —respondí, sin pensarlo.
En menos de un minuto la tenía en las manos. O en los puños, más bien, porque estaba agarrando la sábana como si apretándola pudiera conjurar calor. La asistente puso el vasito de cartón ahí, caliente, tan caliente que pensé que la iba a soltar. No solté nada. Durante dos minutos mi mente olvidó por completo mi pecho. Solo estaba concentrada en lograr que el vasito encontrara su equilibrio, en sostenerlo con la fuerza justa para no derramarlo, en esperar a que se volviera tomable, como si fuera un rito sagrado.
Cuando por fin me la tomé, sentí que era una aromática de renacimiento.
No entiendo cómo hay personas que disfrutan la anestesia. Lo digo porque lo he escuchado: que si el placer de entregarse al sueño, que si la sensación deliciosa al despertar…
Para mí, no.
La anestesia es como si me metieran a una licuadora y me sacaran en “modo granizado”: mareo, náuseas, desorientación. Es un desespero con acentos de crisis de ansiedad.
Después de la aromática milagrosa me sentí mejor. Mis párpados pesaban, los sentía hinchados; claro, había llorado antes de dormir. Y ya sabemos cómo es eso: dormirse después de llorar es como cerrar un paraguas mojado por dentro.
Había perdido la noción del tiempo. En el quirófano había preguntado la hora: 9:15.
Pensé que saldría en una hora.
Pensé que mi hermana estaría allí, porque Berry iba con Ali a la cita de alergología, esa cita sagrada que no podíamos posponer por nada del mundo.
Apareció la cara de mi Berry.
Su cara de compasión disfrazada de “todo está bien”.
—Hola, mi corazón. Ya nos vamos —me dijo.
Él tenía que ayudarme a vestirme. Entre la anestesia y las suturas, era como si mi cuerpo se hubiese dividido en zonas que no se reconocían entre sí. No podía mover casi mi brazo derecho; no sentía el meñique, el anular ni el pulgar. Como si hubiera partes de mí que todavía no habían despertado.
Cuando me puso el brasier quirúrgico, pude ver mis vendajes.
Y mi pecho. Completito. Vendado. Agradecí.
Un vendaje pulido, justo en el punto de las nueve en el reloj de la mama, donde había estado el tumor.
Tenía otra herida cerca de la axila; esa dolía más. Era el pectoral mayor protestando por el trauma.
De ahí habían sacado tres ganglios: el centinela y otros dos.
Los mandaron con el tumor a patología para correlacionar todo: biopsia, resonancia, anatomía.
Esos ganglios darían respuesta a la pregunta que yo tenía atravesada en la garganta:
¿Será que está en otro lado también? (Que no es una pregunta, es un susurro que se esconde detrás de cada respiración.)
Salí en silla de ruedas al encuentro con Ali y con mi hermana.
Era casi mediodía; la cirugía se había demorado más de lo que imaginé.
Nos fuimos a mi casa.
A mi casa impecable, desinfectada, lista para estrenar mis pijamas de señora de las lomas, esas que parecían decir “he llegado a mi convalecencia con glamour”.
Una escena casi cómica: yo, entrando sin don tumor, con las pijamas recién lavadas, como quien llega a un hotel boutique donde la protagonista soy yo.
Y entonces, en la puerta de mi casa, entendí algo:
Me despedí.
De él.
Del tumor.
De lo que significaba cargarlo.
Y aunque salí vendada, adolorida y mareada, también salí más ligera que nunca.
Como si en esa camilla no solo hubieran operado mi cuerpo, sino también un fragmento de mis miedos.
Ese día crucé el umbral con un pecho vendado, el alma más abierta y la certeza silenciosa de que la vida, a pesar de todo, seguía empujándome hacia adelante, suavecito, como quien guía a un pájaro recién liberado de la jaula.
