Capítulo 14: Entre salmos y anestesia

Llegó el 18 de noviembre. La noche anterior dormí muy bien, mi cuerpo ya sabía el misterio de descansar sin pelear con la almohada. Me seguía sorprendiendo tanta paz, como si solo fuera un día de exámenes de rutina. Nada en mí anunciaba tormenta; todo sonaba a calma.

Nos fuimos muy tiesos y muy majos para la clínica. Quienes sabían que esa era la fecha estaban pendientes de mí, incluso alguien me dijo “ve tranquila que todo va a estar bien”. Y aunque lo decía con cariño, me sonaban raro, porque yo ya lo sabía. No era soberbia; era esa certeza suave que me había ido habitando desde la cita con la mastóloga. Sabía que todo iba a estar bien.

Tal vez algún pedacito de mi antigua autosuficiencia daba coletazos, pero no lo decía por menosprecio: en verdad quería transmitir que estaba feliz de dar ese primer paso, que me había preparado, que mi mente estaba en calma de verdad.

Muy a.m., nos fuimos Berry, Ali y yo. Alicia iba porque durante el tiempo de mi cirugía tenía una cita de alergología en otro lado. Yo no quería aplazar la vida por mi diagnóstico; deseaba que nada cambiara en nuestras agendas, como afirmando que el cáncer no era dueño de nuestros días. Le pedí a una de mis hermanas que fuera mi acompañante por si Berry y Ali no alcanzaban a volver cuando yo saliera.

Nos encontramos los cuatro en la clínica, hice el ingreso y me llamaron a una sala para prepararme. Entré con Berry. Me despedí de mi hermana y de mi hija.

Y otra vez la bata verde, pero ahora con gorrito y fundas para los pies. El lugar estaba helado como todos los espacios de cirugía. Los quirófanos siempre parecen en invierno: un frío que espanta microbios, pero también te recuerda que allí uno entra con el cuerpo temblando y el alma arrodillada.

Esta vez sí tenía ciertos nervios, como un animalito tímido que se te esconde detrás de las costillas de alguien.

Me cambié. Estaba helada, pero feliz de que hubiera llegado el día.

Con mi atuendo de quirófano, me despedí de Berry y lloré. Ahí, otra vez, la vulnerabilidad me tocó la puerta. Un pensamiento incómodo intentó robarme la calma: “¿y si me muero en la cirugía?”. Lo monté en el avioncito de papel de siempre y lo lancé lejos.

Me acosté en la camilla donde me canalizaron la vena. No me gusta la anestesia; una vez, en el pasado, después de otra cirugía, desperté con náuseas. Pero el anestesiólogo me había prometido que esta vez sería diferente. Me puse a hablar con la enfermera: del clima; de una paciente que no había llegado; de la cantidad de mujeres con este diagnóstico… y eso me niveló la mente. Después de hablar con ella, cuando el silencio llegó, apelé a mi recurso eterno: los salmos.

Los salmos, para mí, son como una cuerda tibia que baja del cielo. Versos que no se conforman con consolar: se sientan al lado tuyo, te toman de la mano y te enseñan a respirar sin miedo.

Me sé muchos: el 91, el 63, el 5, el 50, el 23, el 129, el 116… Siempre han sido mis amigos. Incluso en mis temporadas de pausa con Dios —esas que ahora recuerdo con tristeza— los salmos seguían ahí, aguardando, como un auxilio que no se vence ni se agota. Me sé algunos cantados, otros recitados, entonces, en ese momento, dentro de mi cabeza había música y poesía.

Llegó mi momento. Una enfermera apareció: “Soy Mariana y te estaré acompañando en el quirófano”. Caminamos juntas. Entramos y sentí que subí tres pisos térmicos: era como entrar a una nevera, yo con mi bata estilo playa y mis zapaticos de tela que dejaban pasar el frío como si tuvieran ventanas.

Me acosté en la camilla con forma de cruz, porque debía tener los brazos abiertos. Y no pude evitar la imagen: Jesús llegó a la cruz para morir; yo llegaba a esta cruz para vivir.

Quizá tenía miedo, pero era un miedo pudoroso, como un colibrí que late muy rápido cuando uno lo mira de cerca.

La sala estaba llena de personal médico. El anestesiólogo (que era mi vecino) me saludó con esa sonrisa cálida y mirada de ternura. Las enfermeras, detrás del tapabocas, sonreían con los ojos, todas diciendo sin palabras: aquí estamos para cuidarte. Pero faltaba alguien: la doctora Ana María.

Pensé que llegaría cuando ya estuviera dormida, pero no. Llegó unos cuatro minutos antes del sueño profundo, como una bendición puntual.

Llegó con la sonrisa de los ojos y la serenidad de quien conoce perfectamente los finales luminosos. Me tocó el rostro y me dijo:

“Te vamos a cuidar mucho” y lloré. Lloré de alegría, de sentirme sostenida, cuidada, protegida.

Mientras tanto, una enfermera anotaba mis datos: riesgos, preexistencias. La doctora respondía no a cada pregunta. Gracias a Dios, a pesar del hígado graso, el reflujo y la tendinitis, estaba perfecta para la cirugía.

La doctora marcó mi mama con un marcador: rayitas aquí, cuadrantes allá…. Curioso: después de este diagnóstico, descubrí que “mama” es la palabra más digna, más precisa, más honesta para nombrar esta parte del cuerpo. Yo, purista del lenguaje, empecé a preferirla porque suena a anatomía y a respeto, a territorio sagrado, no a adorno.

Yo miraba la lámpara, oraba, respiraba.

El anestesiólogo me dijo: “estamos listos ¿tú también?”  Asentí con las pestañas encharcadas con lágrimas. “Vas a sentir los párpados pesados y luego vas a dormir delicioso”.

El medicamento entró por el catéter. Lo sentí recorrerme, mezclarse con mi sangre, avanzar por el brazo.

Y me dormí.

 

 

Naty Londoño