Capítulo 13: Preparando mis alas para el 18 de noviembre

Estaba viviendo una paz interior que, creo, nunca había tenido. Dormía bien, comía muy bien, estaba tranquila. No manifestando tranquilidad para darme moral, en realidad lo estaba sintiendo.

Después de la cita con la mastóloga, me sentía afortunada. Es raro, porque a pesar de llevar conmigo un tumor maligno, sabía que era un tumor “tranquilo” y eso me daba paz. Aunque las personas que sabían de mi diagnóstico me hablaban con una especie de compasión. Creo que algunas de ellas estaban más inquietas que yo. Era mi pequeña gran victoria.

Raro, muy raro, porque en la vida me he caracterizado por ser ansiosa. Yo lo sé y mi hermana me lo ha recordado (por si se me olvida) cada vez que se habla de la ansiedad. He sido experta en sobredimensionar lo que pasa, en repensar, en escuchar gritos en la cabeza antes de dormir.

Creo que Berry esperaba que esta temporada de cáncer de mama me encontrara con los pelos de punta y llorando todo el día. Pero no. Como si algo dentro de mí hubiera hecho clic, dejé las lágrimas el 7 de noviembre. Desde entonces, mi alma parecía caminar sobre un charco quieto, sin oleaje. Una serenidad nueva, casi humilde, que me sorprendía tanto como a los demás.

Llegó entonces la anhelada llamada: la fecha de la cirugía. ¡Qué felicidad! La esperaba como si fuera Navidad, un viaje soñado, un regalo de la vida. 18 de noviembre.

La anhelaba, sí, pero con un anhelo sano, sin desesperación. Era como esperar algo que ya está bendecido.

Me fui preparando. Yo usaba para dormir unas pijamas viejas, de hacía años. Creo que no compraba pijamas desde que tuve a Alicia. De esos “lujos” que uno posterga porque siempre hay prioridades más urgentes. Así que esta era la excusa perfecta. Mis hermanas me regalaron algunas y yo compré otra. Entre ellas, los brasieres quirúrgicos para la recuperación. Todo como si fuera para la mejor de mis citas.

Y fue ahí cuando empecé a montarme en la película: yo juraba que me iban a hospitalizar, que me dejarían una noche entera en una habitación que parecía hotel, donde me atenderían como a una princesa. Para eso eran las pijamas nuevas. Luego me dijeron que la cirugía sería ambulatoria y entonces me imaginé en mi casa, andando en satín todo el día, como “señora de las Lomas”, pero versión clase media con glamour de barrio bien: diva en pantuflas, elegancia en agua de caléndula y actitud de telenovela. Aun así, me encantaba la idea. Raro en mí, pero encontraba luz en cada rincón y el lado bello de la situación.

Pero antes de ese gran día, hubo puente. Primera vez en la vida que me aburría un puente. Yo solo quería que fuera 18 (martes), aunque mientras tanto disfrutaba el hoy sin prisa.

Ese fin de semana nos fuimos a recibir sol y a mirar verdecito. Como creía que iba a quedar un tiempo impedida y que el encierro sería largo, aprovechamos para ir a ver pajaritos a Guarne. Allí uno puede alimentar colibríes en la mano y ver su aleteo en primer primerísimo plano. Fue muy lindo ver cómo ese aleteo parecía un milagro en cámara lenta, como si el tiempo hiciera una reverencia ante tanta delicadeza.

Nos fuimos rápido porque el clima de Medellín siempre tiene un giro dramático y después de tremendo sol empezó a caer una tormenta.

Era casi un día de celebración. Nos fuimos a El Rancherito de Guarne a esperar que pasara el aguacero y pedimos una picada. Yo sentía cierta tensión por comer carnes rojas (otra vez mi cerebro en modo supervivencia), pero ese día me di permiso y después de un día hermoso con Berry y Ali, regresamos a la casa a preparar todo para madrugar a la cirugía.

Me habían citado a las 8:30 a.m, pero a las 6:30 a. m. debía estar en la Clínica Medellín de El Poblado para una linfogamagrafía. Es un examen donde marcan los ganglios axilares antes de la cirugía, sobre todo porque tres de mis ganglios viajarían junto a don tumor rumbo a patología. Así que tocaba madrugar y madrugar bien, como quien empieza un capítulo decisivo de la vida antes de que amanezca del todo.

Me habían dicho que todo en casa debía estar impecable: sábanas, baño, que la persona que duerme conmigo (o sea, Berry) debía estar bañada y desinfectada antes de meterse a la cama. No podía acercarme a Trufa y mucho menos dejarla subir. En fin, yo, reina del quirófano imaginario, decretando un reino libre de microbios.

La casa estaba limpia, pero yo no quería dejar pasar ni un detalle de las recomendaciones. Preparé mi outfit para ese día: ropa cómoda, blusa de botones. Me puse la blusa de una de mis pijamas nuevas y un leggins. Me lavé el pelo, me lo cepillé, arreglé mis cejas. Me alisté como para la mejor de las citas.

Y sí, estaba lista para despedirme de don tumor. Ya estaría fuera de mí. Yo dejaría de ser su casa porque, además de indeseado, nunca tuvo permiso para quedarse.

Era el momento de abrir las alas, no para volar lejos sino para empezar a recorrer, con calma y firmeza, el cielo nuevo que me esperaba. Un cielo que no elegí, pero que ya empezaba a reconocer como territorio propio. Mis alas, esas que creí averiadas por el miedo, estaban preparadas y pacientes, no para escapar, sino para avanzar por la ruta del tratamiento, ese firmamento donde cada amanecer sería un logro y cada nube, una lección. Allí empezaba todo. Aquí empezaban mis alas.

A veces la vida entera cabe en los detalles más simples: una pijama nueva, el aleteo de un colibrí, una picada compartida bajo una tormenta, una casa limpia esperando un amanecer distinto.

Descubrí que no se necesita grandeza para sostener mi vida, basta con pequeñas cosas hechas con intención: preparar la ropa para un día importante, dejar entrar un rayo de sol, permitir que el cuerpo sienta miedo sin entregarle el timón.

El cáncer me mostró que la belleza no desaparece cuando llega el miedo, al contrario, se vuelve más visible, más urgente. Y, tal vez, vivir un día a la vez solo significa eso: aprender a encontrar lo sagrado en lo cotidiano.

Naty Londoño