Capítulo 12: Tiempo para mí (en buenas manos).

El programa Tiempo para ti de Sura resultó ser una bendición: calidez, amabilidad, rapidez. Después del día de la biopsia, me agregaron desde un WhatsApp que estaba disponible para mí en caso de tener preguntas o sentirme ansiosa con la espera. Me programaron una resonancia magnética contrastada, una ecografía abdominal y me entregaron un sobre para ir guardando todos los resultados, como si fuera una embarazada en sus controles.
Nunca lo habría imaginado, pero me había convertido en paciente crónica.
El día de la ecografía coincidió con el de la resonancia. La ecografía abdominal en Ciudad del Río y la resonancia en el sótano donde funcionaba Tiempo para ti. Necesitaba acompañante, así que quedé de encontrarme con mi hermana Nora en el piso 9 de la clínica Clofán, en el centro de ayudas diagnósticas de Sura.
Había tomado los mil vasos de agua que recomiendan para que la vejiga esté lista para el examen. Ansiosa y a punto de explotar, esperé a que la doctora me llamara. Allí me encontré con otras mujeres que caminaban mi mismo camino. Todas diagnosticadas el 30, todas recorriendo el mismo sendero con una calma que solo da la aceptación, con la mirada serena de quienes han hecho las paces con la vida y siguen avanzando, paso a paso, con fe. O al menos eso parecía.
No podía estar más feliz: había llegado mi turno. Nora me aguardaba en la sala de espera mientras yo me dejaba caer en la camilla del consultorio, como quien se rinde en brazos de algo más grande.
El gel frío, ese que permite que el transductor se deslice, me hizo rogarle al cielo que la doctora fuera rápida. Cada vez que el transductor se detenía y ella tomaba medidas en la pantalla, yo me helaba por dentro. Sentía que el miedo me sudaba por los poros, aunque el consultorio estuviera helado.
Finalmente, mientras me ayudaba a limpiar el gel del abdomen, me dijo:
—Todo muy bien, sin señales de malignidad.
Esa palabra —malignidad— retumba en mi cerebro, pero al mismo tiempo, ahí, me trajo alivio. Luego añadió:
—Tienes el hígado graso. Hay tres niveles: leve, moderado y severo. Tú lo tienes moderado.
¡Que qué!
Otra vez sentí culpa y compasión por mí misma. Se me nublaron los ojos y ella lo notó.
—Tranquila —me dijo con una sonrisita—, se corrige con estilo de vida.
Y ahí mismo pensé: perfecto, justo estoy en mi etapa de desintoxicación. Tenía toda la moral para reivindicarme con mi hígado. Salí y, entre lágrimas, le conté a mi hermana que todo estaba bien. Todos temíamos, en el fondo, que alguna sombra del cáncer se hubiera extendido silenciosa por mi cuerpo.
Salimos en el carro rumbo a la sede de la 33. Llegamos. En el sótano estaba la zona de resonancias. Me quedé sola. Otra vez la bata verde, la abertura para adelante, sin nada metálico, sin adornos para que el examen sea un éxito. Me canalizaron la vena y me dejaron el catéter por donde pasaría el medio de contraste, esa sustancia química que ayuda a revelar hasta los secretos más escondidos del cuerpo.
Mientras esperaba mi turno, recé. No sé por qué, pero, aunque ya estaba más tranquila, el miedo seguía intentando susurrarme al oído. En eso llegó una mujer joven, también con la bata verde. Regia, morena, de pelo largo, uñas decoradas, celular en mano, parecía ajena al miedo. Escuché al enfermero confirmarle: mastectomía bilateral con reconstrucción… metástasis óseas… 17 sesiones de quimioterapia…
Se me taparon los oídos. La miré: tan tranquila, sonriendo con su pantalla, viendo videos de esos de 15 segundos. Y pensé que debió haber llorado mucho, que su familia debió haber sufrido tanto. Pero ahí estaba, en calma. Y recordé la tormenta que hubo la noche anterior en la ciudad: esa que se fue para dar paso a un sol inmenso. Todo pasa, me dije.
Cuando llegó mi turno, me sentí lista. Me acosté boca abajo, en el soporte diseñado para este tipo de examen. 50, 60 minutos inmóviles. Respiré hondo y repetí mentalmente una meditación hermosa que había aprendido. Sentí paz. Me dormí, de verdad me dormí y en ese sueño ligero sentí que Dios me abrazaba.
Al terminar, me vestí y subí a buscar a Nora y quise despedirme de Nadia, la enfermera que me había acompañado desde el principio. Ella fue mi primer rostro de calma en el caos.
—Ya no nos veremos más —me dijo sonriendo—. Ahora tu proceso lo continúa la Clínica Vida. Y ojalá no te vuelva a ver, porque eso significará que ya todo pasó.
Nos abrazamos.
Yo le agradecí, le prometí que no la olvidaría.
Dato que salva
Según la Sociedad Americana del Cáncer, los programas de acompañamiento integral que combinan atención médica, acompañamiento emocional y seguimiento continuo, reducen hasta en un 30% la ansiedad de los pacientes y mejoran la adherencia al tratamiento. En pocas palabras: sentirse cuidado también es parte de la medicina.
Cinco días después llegarían los resultados de la resonancia. Se los enviarían a la doctora Ana María para leerlos en mi cita del 7 de noviembre.
A mí también me llegaron. Abrí el archivo con el corazón en la garganta (yo con el ya acostumbrado temblor de rodillas cada vez que salía un resultado) y allí estaba: la foto del intruso, brillante entre las siluetas grises de mi interior y de las imágenes oscuras de la resonancia. El medio de contraste lo hacía relucir protagonista de mis mamas como si quisiera robarse el foco de una película que no le pertenecía.
Lo miré largo rato, se lo presenté al grupo de mi familia y les dije: se los presento y, de una vez, despídanlo. Era extraño ver mi cuerpo por dentro, reconocerme en luces y sombras, en formas que hablaban un idioma que yo no entendía. Y, sin embargo, en medio de esa imagen luminosa, sentí una quietud nueva: esa certeza de que hasta lo que duele puede volverse una forma de revelación.

A partir de ahí, la Clínica Vida empezó a contactarme: la primera cita fue la que me asignaron con la doctora Ana María, la mastóloga; nutrición, medicina interna, dolor oncológico, psicología, fisioterapia, todo sincronizado. Otra línea de WhatsApp, más enfermeras dulces que me llaman, me orientan, me programan citas. Yo no tengo que mover un dedo.
Qué programa tan bien estructurado, tan humano. No pierden detalle y uno se siente abrazado.
Yo, que antes nunca quería despertar compasión, ahora estaba feliz de que me consintieran y me cuidaran.
Me quito el sombrero ante Tiempo para Ti y la Clínica Vida.
En este instante, mientras escribo estas líneas, todavía con los puntos de la cirugía, me siento en buenas manos.
Y por primera vez en mucho tiempo, también siento que tengo tiempo para mí.

 

Naty Londoño