Yo me negaba a decirle “enfermedad” a lo que estaba viviendo. La palabra me quedaba grande, me sonaba ajena. Yo estaba regia, llena de ánimo, con ganas de comerme el mundo. Y no era una pose. Era real.
Es curioso, ahora que lo pienso, cómo la palabra “cáncer” pesa tanto cuando la ves desde afuera, pero desde adentro se vuelve otra cosa. Sí, es el final de la vida como la conocías, pero también el principio de otra.
Renaces con otra mirada.
Empiezas a darle valor a cosas que antes pasaban de largo: respirar, sentir el primer sol de la mañana, un abrazo de más de diez segundos, un atardecer que parece cuadro o el canto de un pajarito en la ventana. Todo eso que dábamos por sentado y que en realidad son milagros.
Después de la cita con la doctora Ana María, la mastóloga que me haría la cirugía, viví una calma rara, dulce, como si el alma se hubiera tomado una infusión de pasiflora. Dormía bien, no había ansiedad ni desvelo, solo una gratitud inmensa que me mantenía flotando.
Agradecer se volvió mi mantra. No pido nada, solo agradezco.
Antes pensaba que eso del “agradecimiento” era palabrería: una especie de placebo emocional que la gente usa para convencerse de que todo estará bien. Pero cuando empecé a vivirlo, a agradecer de verdad, entendí que es otra cosa. Que agradecer no es una estrategia, es una forma de respirar distinto. Y los efectos secundarios se sienten rápido: paz, calma, confianza.
Dato que salva
Estudios de la American Psychological Association y de la Harvard Medical School han demostrado que practicar la gratitud -incluso a través de simples ejercicios diarios como escribir tres cosas por las que uno se siente agradecido- mejora la calidad del sueño, reduce los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y fortalece el sistema inmunológico. Agradecer literalmente cambia la química del cuerpo.
El amor de mi familia empezó a sentirse como una manta tibia. Mi esposo, mis hijos, mis hermanas, mis sobrinos, mis amigas.
Había leído que las personas reaccionan ante el diagnóstico de un ser querido como si quisieran entregar amor por adelantado, en caso de que después no haya oportunidad. Y sí, es real. Es una avalancha hermosa. Una manera instintiva de hacerte la vida más plena, más abrazada.
Yo, que siempre fui reacia a mostrar mis vulnerabilidades, a pedir favores o a soltar el control, me encontré disfrutando del cariño, del cuidado, del “¿cómo amaneciste hoy?”.
Era nuevo, sí, pero hermoso.
Esta fue otra gran lección: aceptar que ser vulnerable no te hace débil, te vuelve humano.
En estos días que estoy, convaleciente de la cirugía (cuando me encuentro escribiendo estas líneas), me he sentido como una niña que vuelve a aprender a caminar: despacito, cuidada con amor. Me abrazo a mí misma con esa delicadeza que antes reservaba solo para otros.
Empezar a contarle a las personas más cercanas sobre mi diagnóstico fue otro paso en este camino. De momento, quise contarles a más personas sobre mi proceso. No por drama, sino porque estaba bien. Llenísima de esperanza y se me ocurría que tal vez alguien que me aprecie y, por distancia o tiempo, no esté muy cercano a mí, podría lanzar una plegaria por mí y sería de gran ayuda.
Muchas de las respuestas fueron las de siempre: “De esta sales”, “Eres una guerrera”, “Ten fe y sanarás” “no te dejes morir, lucha”.
Todas dichas con cariño, claro, pero ninguna me representaba.
Yo tenía fe, muchísima. Ahora estaba muy positiva. Pero no estaba luchando. No sentía que esto fuera una guerra. Era más bien una metamorfosis.
El cáncer me mostró que las palabras que usamos para hablar de la vida y la salud también deberían sanar, acompañar. No necesito que me digan que soy fuerte, prefiero que me digan que estoy viva.
Agradezco, desde el fondo del alma, cada oración, cada mensaje, cada gesto de amor.
Y me gusta pensar que no oramos solo por los enfermos, sino también por los sanos, por los que ríen sin saber lo frágil que es todo esto.
La gratitud tiene efectos secundarios: ablanda el alma, aclara los días y te enseña que la vida, incluso con cicatrices, sigue siendo un milagro.
Y sí, por si se lo preguntan, no hay mejor medicina que dejarse querer.
