El cáncer me obligó a escribir.
Siempre fui una escritora frustrada, pero no de esas que culpan al destino, sino de las que se sabotean con elegancia. Me frustré por culpa del tiempo (o mejor, de mi mal manejo del tiempo), de la procrastinación, de las listas eternas de prioridades donde siempre ganaban los demás temas. (Y sí, el trabajo también fue una excusa excelente: noble, respetable, pero excusa al fin).
Estuve en varios talleres de escritura creativa con la maravillosa Verónica Toro, a quien recuerdo en cada texto que escribo. Ella me enseñó a mirar la vida como una historia que pide ser contada.
Siempre tuve el deseo de escribir un libro. Bueno, varios. Todos están en una lista de espera… junto con la cita al dermatólogo y el curso canto pospongo desde 2019.
El primero se llamaría Los milagros de mi vida, donde contaría esos casos divinos que me han pasado y que no son pocos, entre ellos la sanación de Alicia cuando tenía dos años.
El segundo sería una novela: la historia del doctor Alcides Romero y su padre radical. Empezó en un curso de creación de personajes con Verónica Toro y ahí quedó, esperándome en el limbo de las buenas intenciones.
El tercero sería de poemas, esos que nacieron en el taller de poesía de Vero, cuando intentaba escribir para sobrevivir la muerte de mi mamá.
Todos medianamente empezados. Todos a medio latir.
El freno mental, ese sí estaba completo: una mezcla de miedo al juicio, perfeccionismo inútil y la absurda idea de que debía tener “tiempo” para escribir, como si el alma pidiera cita previa para hablar.
Y entonces llegó el diagnóstico.
El famoso “carcinoma ductal infiltrante”, que además de ponerme en modo supervivencia, me despertó las palabras dormidas.
Sentí una necesidad urgente de decirlo todo. De contarlo. De entenderlo escribiendo.
Empecé a escribir porque lo necesitaba como quien necesita respirar.
Y qué mejor lugar que este (este espacio que llamo blog, pero que también es papel, refugio, espejo y oración).
Ahora tengo más ganas que nunca de escribir. Siento que, del otro lado, hay alguien leyendo, alguien con los ojos abiertos y el corazón dispuesto a escuchar una historia real.
Quizás una mujer que acaba de recibir su diagnóstico, un esposo confundido, una hija con miedo.
Y si mis palabras pueden servirles, aunque sea un poco, ya valió la pena el temblor de escribir.
Creo que esto se volvió parte de mi terapia. Siempre he sido expresiva, sí, pero esta vez no quería que mis palabras se las llevara el viento, sino que se quedaran aquí, plantadas, creciendo como flores raras en tierra removida.
Escribir no me salva del miedo, pero me acomoda el espíritu.
Cada frase es un paso más lejos del dolor y un poco más cerca de la fe.
Y aunque el eco de mi diagnóstico está en mi vida, siento que ahora tengo voz.
Y esta vez, no quiero callarla.
