Desde que empecé esta nueva vida, leí en todos lados (y me lo dijeron en Tiempo para Ti) que el 50% del éxito del tratamiento estaba en la actitud que le pusiera al proceso. Nunca había estado tan positiva. El estado natural de mi mente era “todo va a estar bien”.
A veces llegaban pensamientos de muerte, pero los dejaba pasar: los subía a un avioncito de papel y los lanzaba al viento. No los negaba, pero tampoco los dejaba aterrizar.
Traté de hacer mi vida mejor de lo que era, sin limitaciones. Sin embargo, aún no llegaba el resultado de la biopsia de trucut, la de la grapadora. Mientras me asignaban la cita con la mastóloga que me indicaría el tratamiento, me mataba la curiosidad. Ya no era ansiedad, pero sí una especie de impaciencia disfrazada: mil preguntas y miedos aparecían, todos con el mismo apellido, la incertidumbre.
Yo tenía un diagnóstico, sí, pero todavía no conocía su nombre completo, con todos los apellidos.
El 6 de noviembre, en plena espera, hubo un panel en el Parque Explora: Genómica y cáncer de mama, con la doctora Catalina López Correa, PhD en genética y paciente de cáncer de mama. Fuimos Berry y yo. Aprendimos que cada tumor tiene su propio perfil, que no existen dos iguales, que algunos dependen de hormonas para crecer y otros no.
Salí de allí con la cabeza llena de preguntas y el corazón tranquilo: por fin entendía que la ciencia también tiene alma.
Llegó el 7 de noviembre.
Me asignaron la Clínica Vida como la institución encargada de mi tratamiento. Ya no Tiempo para Ti. Ahora sí, oficialmente, era una paciente oncológica. Me pesaba decirlo, me sabía raro en la boca, como si fuera una palabra prestada, de esas que uno pronuncia bajito por respeto o por miedo a que resuene demasiado fuerte. “Paciente oncológica”: dos palabras largas que me quedaban grandes, como una bata de hospital que no es de tu talla.
Hasta ese día, “paciente oncológica” era alguien más: una mujer en una campaña rosada, una historia que uno escucha con empatía, pero desde lejos. Y de repente, era yo.
La etiqueta tenía un eco nuevo, como si al decirla me partiera en dos: la que había sido hasta ese momento y la que estaba a punto de nacer. Me di cuenta de que ser “paciente” no era solo tener un diagnóstico, sino aprender a vivir con otro ritmo. La paciencia, pensé, ya no era una virtud: era una obligación divina.
Esa mañana me levanté feliz. Hice mis oraciones y, además de pedir fortaleza como ya estaba acostumbrada, agradecí cada avance, cada persona, cada día. Aunque solo habían pasado once días desde la ecografía (once días después del eco), yo sentía que habían pasado diez años.
La espera en la clínica fue eterna. Se me acababa el aire. Practiqué mis ejercicios de respiración y escuchaba a Berry contarme historias de su trabajo: estudiantes, investigaciones, anécdotas. Sus palabras eran bálsamo, un pequeño salvavidas para mi mente hiperactiva.
Finalmente, me llamaron al consultorio. Una cara dulce, amable… y de mujer. Me sentí afortunada. No sé por qué, pero confiaba en que una mujer entendería mejor mis miedos.
En su pantalla, vi cómo copiaba y pegaba partes del informe, leyendo en voz baja, poniéndose en contexto. Entre líneas, me hacía preguntas suaves, pacificadoras, casi maternales. Tenía una cara angelical y una sonrisa casi de mamá, de esas que no necesitan decir nada para transmitir paz. Su mirada tenía algo de refugio, como si supiera exactamente en qué parte del alma dolía. Sentí una conexión inmediata, una certeza silenciosa de que estaba en buenas manos. No era solo una médica; era una mujer que entendía, que acompañaba con ternura y con ciencia, que lograba que el miedo se quedara quieto, al menos por un momento.
Pasemos a la camilla, dijo. Cuando tocó el tumor, exploté en llanto, no de dolor, de impotencia, como una niña. Mis gafas se empañaron y las lágrimas corrían tan densas que parecían haber decidido quedarse a vivir allí, en mi cara. Berry me abrazó.
—¿Por qué lloras? —me preguntó, con empatía.
—Tengo una niña… y un hijo… —logré decir, antes de que el llanto me robara la voz otra vez.
Con esa calma de quien sabe contener el miedo ajeno, me dijo:
—Ven, que te voy a contar. Tu diagnóstico es el mejor escenario.
Confirmó lo del carcinoma ductal infiltrante, pero también confirmó que estaba en un estadio temprano. Me explicó mis altísimas posibilidades de sanar: la posibilidad era tan alta como la de sobrevivir a una travesía en carro por Medellín sin una moto pasándote por la derecha.
Me reí entre lágrimas. Mi tumor, según ella, era “muy prudente”. No hacía escándalos, no alteraba nada, no pedía atención. Un tumor de bajo perfil, pero de cuidado y tratamiento
Me explicó que el tratamiento sería quirúrgico. Yo ya había hecho las paces con cualquier posibilidad: con seno, sin seno, con cicatriz o sin ella. Berry, con su humor que siempre me salva, había dicho días antes: “Si eso pasa, las reconstrucciones existen, y si no, igual te ves hermosa.”
Yo no buscaba nada en internet. Me prometí que todo lo que necesitara saber me lo dirían mis médicos. No quería llenar la cabeza de miedo de segunda mano.
La cirugía que me iban a hacer era una cuadrantectomía.
Dato que salva.
La cuadrantectomía o cirugía conservadora de mama consiste en extirpar solo la parte del seno donde está el tumor, junto con un margen pequeño de tejido sano. Según la Sociedad Americana del Cáncer, este procedimiento tiene la misma tasa de supervivencia que una mastectomía cuando el cáncer se detecta temprano y permite conservar gran parte de la mama.
Como mi resonancia no mostraba compromiso de ganglios ni otras áreas sospechosas, solo extraerían el ganglio centinela de la axila, para enviarlo a patología junto a “don tumor”, como lo bauticé. Así estudiarían la genética de mi cáncer.
Luego vendría la radioterapia. No sabían cuántas sesiones, eso lo decidirían después de los resultados. La vida insistía en su mantra: un día a la vez.
Salí del consultorio con una paz que me envolvía por dentro, una calma que se sentía como aire limpio después de la tormenta. Me sentí afortunada, aliviada. Pensé que tal vez la tranquilidad también cura: baja la inflamación del alma, pone las ideas en su sitio y le devuelve al cuerpo su confianza.
Agradecí a la ciencia, a los médicos, a Dios y a mis manos, que aquel 25 de octubre se habían atrevido a tocar lo que me salvó la vida.
La vida, definitivamente, me había guiñado el ojo.
